domingo, 21 de marzo de 2010
Poemas breves...
LA AMISTAD
Qué bonita es la amistad,
qué buenos son mis amigos,
me llenan de felicidad,
se portan muy bien conmigo.
Con mis amigos me río,
de ellos me puedo fiar,
porque pase lo que pase,
sé que tengo su AMISTAD.
Diego Bottamino
(1º ESO)
jueves, 18 de marzo de 2010
La muerte en las Guerrillas
Había llegado la hora de la verdad, ya era de noche y todo seguía según lo previsto. El plan no podría fracasar. La noche era muy cálida en la selva, como era normal en los veranos ruandeses. Los guardias estaban en las cantinas bebiéndose las escasas reservas de whisky, era un día de fiesta, al final habían logrado entrar y destruir a un pequeño pueblo rebelde y estaban celebrándolo.
Era el momento perfecto para huir.
Cogió su pqueña mochila y se la cargó a sus espaldas, en ella sólo llevaba una vieja foto de su familia, un libro y un par de mudas. Antes de abrir la ligera puerta de madera que le sacaría de la choza donde dormía, se agachó hacia la mesilla de su litera para coger sus armas,… un pequeño revólver ya preparado para disparar, y un afilado cuchillo con puño de madera que él mismo había fabricado. Metió ambos en sus respectivas fundas y salió por la puerta sin hacer ruido.
Su escapatoria estaba en la selva, sería un camino duro, pero era la única forma de asegurarse de que no le seguirían. Los animales eran peligrosos, pero prefería morir bajo sus fauces que por un disparo por la espalda de cualquiera de los que aún eran sus compañeros. Pero antes de su inminente huída tenía un asunto pendiente.
Con sus pies descalzos y encogidos al máximo iba moviéndose de choza en choza lo más sigilosamente posible. Tras rodear medio campamento a hurtadillas llegó al destino, era una choza grande con forma circular, en ella vivía uno de los oficiales de la guerrilla. En esa época del año las ventanas de madera permanecían abiertas por el insoportable calor, por ello no le fue difícil colarse en el interior de la choza.
Ya había estado allí más de una vez en esos cinco años que llevaba viviendo en aquel campamento. Sabía dónde encontrar lo que buscaba, decidió esconderse en una esquina del comedor. El hombre al que iba a matar estaba en su habitación haciendo el amor con su mujer. La puerta de la habitación quedaba a su izquierda. Tenía que actuar rápido, si no la luz del día dificultaría su huida. Cogió un adorno que había colgado en la pared y lo tiró al fondo del comedor. El instrumento, de pesada madera, chocó fuertemente contra el suelo provocando un brusco sonido. Sacó al afilado cuchillo de su funda y se preparó para asestar el golpe. El hombre no tardó en aparecer en el comedor para ver qué ocurría… encendió la pobre luz de una bombilla mal conectada y cuando se fue a dar una vuelta ya era demasiado tarde.
Pudo observar su rostro de terror antes de atravesar su cuello con la machete,… sonreía, llevaba años soñando con ese momento, desde hacía cinco años, y por fin, se cumplía su sueño. Apretó un poco más sobre su cuello antes de sacar de golpe el acero y salpicar la pared con su sangre, el cuerpo cayó muerto al suelo al ritmo de la relampagueante luz de la bombilla. Después de eso sólo se oyó un agudo grito que penetraba en sus oídos. Se giró,… era la hija pequeña del general contemplando aterrorizada la escena. Se quedó helado mirándola fijamente, no reaccionó hasta que la mujer salió, tapada con una sábana, de la habitación. Ella dio la alarma al ver al asesino. Era el momento de irse, el plan se iba al traste, saltó por la estrecha ventana y corrió veloz hacia la selva.
Llevaba toda la noche corriendo por la selva, pero parecía que llevaba a sus perseguidores pegados a los talones. Además su cabeza no dejaba de mostrarle una y otra vez la grotesca escena de su asesinato, se había convertido en quien más odiaba. Necesitaba pensar con claridad para salir con vida, sin embargo no era capaz, quizás estuviese corriendo en círculos. Decidió parar un rato para orientarse. Se sentó sobre una roca, con el revólver en la mano y el largo machete en la otra.
Descansó durante unos minutos hasta que escuchó un ruido entre la maleza,… se acercaban. Se maldijo y continuó corriendo, miraba hacia atrás constantemente a la vez que arrancaba las ramas con el machete, no conseguía distanciarse. Al final en una de sus miradas de atrás hacia delante vio como una culata de un rifle le golpeaba en la frente. Su cuerpo cayó inconsciente al húmedo suelo.
Una mancha negra se acercaba hacia él tambaleándose, tenía la mente nublada y se encontraba desorientado. Mientras la mancha daba vueltas alrededor de él, intentaba adivinar dónde estaba. No podía moverse, su delgado aunque fuerte cuerpo estaba atado de manos al techo mientras que sus pies arrastraban ligeramente por el suelo. Aún así dudaba de que fuese capaz de ponerse en pie. Intentaba hablar pero su lengua no le obedecía, notaba cómo emitía rudos gruñidos que no inquietaban a la molesta mancha negra que le hostigaba. Pasaron pocos minutos hasta que una luz deslumbró aún más sus ojos. Otra mancha negra, ésta más grande, se acercó a él y le arrojó un cubo de agua sobre su rostro a la vez que le gritaba:
-¡Paul!,… ¿qué hiciste?
-Nada…-mintió.
El agua le había servido para recordar, estaba metido en un lío. Le gran hombre le propició una fuerte golpe en la sien que le nubló de nuevo al vista.
Mientras su cabeza giraba sobre su cuello de un lado a otro, comenzó a recordar su desafortunada huída. Llevaba años planeando cómo salir de aquel infierno que le destino le había asignado, y todo se había echado a perder por culpa del grito de la niña, le había paralizado. Hacía cinco años que había llegado al campamento para formar parte de la guerrilla que atemorizaba a todas las aldeas cercanas. Llegó con doce años, y tardó más de seis meses en ser un sanguinario asesino, era su destino, su única forma de seguir con vida. Cuando su entrenamiento acabó fue marcado. Un gran tatuaje con forma de serpiente pasó a formar parte del interior de su brazo, del codo a la muñeca zigzagueada el horrible réptil. Ese sería su signo para siempre.
No tardó en aprender a dejar el símbolo de la guerrilla. Su primera misión fue quemar toda la cosecha de una pequeña aldea al sur de su campamento, se negaban a seguir pagando al alto tributo que pedían y que dejaba a esa pobre gente son nada para comer; semanas después fue a asesinarlos por impago.
Sus acciones eran rápidas y crueles, se montaban en un jeep, aparecían y cobraban lo que ellos querían a la horrorizada multitud. Si alguna aldea se revelaba, hacían una masacre y volvían al campamento con los bolsillos llenos. Total, eran simples campesinos, su destino debía ser la muerte. Esa fue su vida durante esos años. En ese tiempo la guerrilla se había extendido a lo largo de todo el país, tenían el poder físico y pronto también tendrían el político, años de masacres se avecinaban en su querida tierra.
Por suerte o por desgracia, él nunca podría olvidar su pasado. Le habían intentado lavar el cerebro, y en algunas ocasiones pensaba que lo habían logrado, aún podía recordar la cantidad de veces que quiso creer que había sido abandonado por su familia. Pero su corazón no se dejaba engañar.
Tras varios minutos recuperándose del golpe, volvió a levantar la cabeza, aún veía mal, pero ya no era una imagen difusa. Se encontraba en el cuartel del campamento, en la sala había uno de los guardias, con aspecto de resaca de la fiesta de la noche, y el mismísimo líder de la guerrilla. Era un hombre alto y fuerte, estaba muy entrenado, sus facciones eran afiladas y vestía con un elegante traje militar. Cuando vio que Paul se recuperaba cogió el cubo de agua y se lo arrojó encima con fuerza, después se quitó la boina que le atribuía su cargo y la dejó sobre la mesa.
-¡¿Qué hiciste?!...- Le gritó de nuevo, Paul aún estaba recuperándose del baño.
-Nada… -dijo esta vez con tono firme. De nuevo su contestación recibió su consiguiente golpe, esta vez en el vientre.
-Yo te diré lo que hiciste… -dijo el hombre con calma, mientras Paul se escupía encima para recuperarse del golpe- Mataste a un oficial delante de su familia, ¿verdad?
-No maté un oficial, maté a un asesino – contestó con respiración entrecortada.
Era la respuesta que necesitaba el General para acabar con aquello. Le hizo un gesto al guardia mientras él salía de la habitación. El guardia cogió con fuerza su arma y propició una colección de golpes por todo el cuerpo, por suerte era un chico duro, de un gran físico que le hacía aguantar bien los golpes. Después sacó un cuchillo de su cinto y cortó la cuerda que le ataba al techo. Su largo cuerpo cayó al suelo como un saco de arena, la sangre le corría por las muñecas y por el rostro, y era incapaz de ponerse en pie. Cuando lo intentó por segunda vez, recibió un nuevo golpe de culata en los riñones por parte del guardia. A los pocos minutos logró ponerse de rodillas. Cuando levantó la cabeza vio al General, llevaba a un niño cogido del hombro, no quedaba nadie más en la habitación. El niño le miraba con miedo, era pequeño, no tendría más de diez años. Seguramente era la primera vez que veía a un hombre agonizando.
-Este hombre fue el que mató a tu padre… -le dijo el General al niño mientras le señalaba.
El General sacó su pistola de la cartuchera y se la ofreció al crío. El niño la cogió con las dos manos, en sus ojos había lágrimas, estaba furioso. Se acercó hacia donde se encontraba hasta ponerse frente a frente con el malherido. El niño estaba nervioso, le temblaban las manos, y no lograba apuntar con precisión. La rabia le podía en esos momentos, pero por muy joven e inconsciente que fuese, matar nunca era algo fácil.
La escena que presenciaba en esos momentos ya la había vivido él de pequeño. Aún recordaba como uno de la guerrilla llegó un día a la finca de su padre, a las afueras de una aldea, para cobrar el tributo. Su padre se negó, su familia era grande y no tenían para poder comer, el hombre se bajó del jeep y le propició un golpe que le llevó de bruces contra el suelo. Toda la familia presenciaba el acto sin moverse de la puerta de la casa, hasta que su hermano mayor no pudo soportarlo más y corrió a defender a su padre. El jefe del jeep le cogió y tras darle una paliza le dio su arma, “Mátalo y os dejaremos en paz”, le gritó mientras señalaba a su padre. Su hermano no podía hacerlo, se revolvió e intentó disparar hacia el guerrillero, pero cuatro balazos lo interceptaron antes de que pudiese lograrlo.
El hombre se acercó hacia el porche de la casa y entonces le dio el arma a él, sólo tenía doce años, “Mátalo y os dejaremos en paz” gritó nuevamente señalando al suelo. Paul, con lágrimas en los ojos, miraba a su padre mientras le apuntaba tembloroso con la pistola, el hombre tirado en el suelo lloraba y rezaba por su familia. Su padre le miró fijamente y le gritó:
-¡Dispara!, ¡Dispara!... –lo dijo varias veces.
Paul cerró los ojos y disparó. El cuerpo de su padre cayó sin vida sobre la tierra al lado del de su hermano. Paul se giró hacia el hombre, con lágrimas en los ojos, para devolverle el arma mientras todos los del jeep celebraban la desgracia. El hombre con una sonrisa se acercó y dijo:
-Tú vienes con nosotros – Y luego dio una señal a sus hombres para que acabaran el trabajo. El niño se giró hacia su familia y observó cómo disparaban a su madre y a sus hermanas, y por último vio el rostro de su hermano pequeño que aún cogía con fuerza la pierna de su madre y se giró antes de verlo morir.
Ahora lo entendía todo, ese rostro que no había visto morir era el que le apuntaba en ese momento a la cabeza con un arma, había crecido mucho, pero no podía olvidar sus rasgos familiares. Nunca pensó que se hermano siguiera vivo, pero esos hombres debieron llevárselo cuando le capturaron a él. Paul levantó la cabeza sonriendo, estaba feliz de verle, pero no podía permitir que el pequeño también muriera buscando una venganza. La venganza del hombre que le hizo matar a su padre ya estaba cumplida, su hermano merecía vivir sin el peso de lleva a cabo una venganza.
-¡Yo maté a tu padre!... –gritó Paul sonriéndole - …¡Dispara!
El niño apretó el gatillo y el cuerpo de Paul cayó sin vida sobre la madera del suelo de la habitación.
Autor/a: Phöenix
(2º ESO)
martes, 16 de marzo de 2010
La desaparición de la pequeña Carla
Hola, soy Susana. Tengo 38 años, soy policía jefe e investigo diversos casos.
Uno de esos casos me llegó hace tan sólo unas semanas. Trata de una niña desaparecida, Carla, 4 cuatro años. Es de Madrid. Nadie sabe de ella desde el 22 de febrero a las 15:30. Desapareció sin saber por qué del colegio.
Mi equipo y yo hemos investigado todos los rincones del colegio… es su casa… los parques y lugares de los alrededores. Hemos interrogado a los alumnos del colegio y a los padres. La familia ha colgado carteles con su foto… pero nada, ¡no aparece!
Anoche me acosté revisando las pruebas del caso y en toda la noche no he pegado ojo. He soñado con la niña; estoy convencida de que aún sigue viva; he decidido que voy a investigar más detenidamente el caso.
Hoy me dirijo al colegio, salgo de mi descapotable negro y me dirijo directamente al despacho del director.
Interrogo al director, el Sr. Martínez. Él confirma que no ha visto a la niña desde el día de la desaparición. Me fijo en su mirada… en ella no hay miedo,… su voz es firme y segura,… y sus manos no tiemblan.
Salgo del despacho pensativa. Miro a mí alrededor y encuentro a Encarna Ramírez (la conserje). Es una señora de unos 55 años. Su pelo es rojizo, viste con un traje de chaqueta y pantalón color salmón. Está rellenita y anda con cierto cojeo. Baja unas escaleras que conducen al sótano del colegio, la sigo escondiéndome para que no vea… se dirige a la puerta de la caldera (esa sala la investigamos pero no encontramos nada),…saca una llave plateada y mira hacia su alrededor antes de abrir la puerta.
La espero escondida hasta que salga, tarda una hora. Cierra la puerta rápido, sale con una sonrisa malévola en la cara y sube las escaleras rápidamente. Cuando está subiendo las escaleras me fijo en su mano, lleva muñecos y juguetes.
Yo… intrigada, fuerzo la puerta sabiendo el riesgo que me puede llevar hacer eso, porque sin una orden judicial no puedo forzar ninguna puerta.
En el interior encuentro la vieja caldera del colegio, pero esta vez ha cambiado algo desde que registramos aquel lugar, ¡En este momento estoy viendo la ropa de Carla en el suelo!...juguetes y restos de comida rápida.
Cojo mi “walkie-talkie” e intento pedir refuerzos, hay rastro de la niña por fin. Pero… ni mi busca, ni mi walkie, ni siquiera mi móvil funcionan, parece ser una onda extraña que bloquea todos los aparatos electrónicos.
Intento salir de aquella oscura y maloliente habitación, pero la puerta que forcé antes ahora es imposible de abrir. Nerviosa me llevo las manos a la cabeza, la apoyo contra la pared y me deslizo hasta quedar sentada. Junto el oído a la pared, y escucho llantos de una niña,… chillo por si me escucha,…pero no recibo ninguna contestación de su voz.
Observo el horrible papel pintado que cubre la sala. Nerviosa lo araño y descubro que bajo él hay una puerta. Quito corriendo el papel y abro la puerta.
Encuentro a la famosa Carla,… la tranquilizo,… la cojo entre mis brazos y observo el lugar en el que estoy. La pared está recubierta de fotos de niñas con las mismas características que Carla. Hay un colchón mugriento en una esquina de la habitación, unos cuantos peluches y un armario.
Con Carla en brazos pienso en salir de aquella habitación tan siniestra y terrorífica. De repente se abre la puerta y aparece Encarna con ojos terroríficos y un cuchillo de cocina en la mano. Hace una intención de acariciar la cara de la pequeña. La apartó antes de que la roce. La mujer riéndose malvadamente dice:
-Lo siento Carla… llegó tu hora.
La niña llora desconsoladamente. Cojo mi pistola y apunto con ella a aquella mujer, Encarna, son pensarlo un minuto. Ella dirige el cuchillo hacia Carla. Antes de que el punzante cuchillo toque a Carla, disparo hacia la pierna de la conserje. Cae desplomada en el suelo. Dejo a Carla en el colchón, le quito el cuchillo, abro el armario para meter allí a Encarna,… pero al abrir la puerta caen varios cadáveres de las niñas que aparecen en las fotografías encima de ella.
Yo suelto el cuchillo y Carla llora cada vez más. La cojo corriendo en brazos, salgo corriendo hacia donde está la caldera,… la puerta sigue bloqueada. Disparo y consigo abrirla.
Subo las escaleras corriendo y pido ayuda. Profesores y alumnos acuden en mi ayuda. La enfermera del centro se ocupa de Carla. Mientras pido refuerzos se llevan a Encarna y los cadáveres.
Desgraciadamente veo los rostros de los padres de las niñas y siento que mi corazón se encoje,… pero se me agranda al ver a los padres de la pequeña Carla abrazándola y besándola.
Me siento orgullosa de haber salvado la vida de esa pequeña.
Autor: Arash
(2º ESO)
martes, 9 de marzo de 2010
Deseos que son sueños
Quiero volar por los cielos y hacerte feliz,
Quiero tenerte en mis sueños y estar junto a tí,
Quiero sentir que mis días no tienen fin,
ser feliz hasta el fin,
y sentir que estás aquí...
Dime que no peudes vivir sin mí, que me necesitas a tu lado,
Dime que quieres verme cada día,
Dime que me besarás hasta que termine el día...
Quiero que me abraces muy fuerte y que no me sueltes nunca,
Yo no te soltaré...
Sólo quiero abrir los ojos cada mañana,
y ver que estás a mi lado el resto de mi vida...
y poder decirte cada día que...
...Te Amo.
Autor/a: Phöenix
(2º ESO)
Quiero tenerte en mis sueños y estar junto a tí,
Quiero sentir que mis días no tienen fin,
ser feliz hasta el fin,
y sentir que estás aquí...
Dime que no peudes vivir sin mí, que me necesitas a tu lado,
Dime que quieres verme cada día,
Dime que me besarás hasta que termine el día...
Quiero que me abraces muy fuerte y que no me sueltes nunca,
Yo no te soltaré...
Sólo quiero abrir los ojos cada mañana,
y ver que estás a mi lado el resto de mi vida...
y poder decirte cada día que...
...Te Amo.
Autor/a: Phöenix
(2º ESO)
Poema de un amor
He intentado olvidarte, sólo Dios lo sabe,
Ya no tengo fuerzas para luchar contra el olvido,
Te sigo amando como el primer día,
Y voy a la deriva mientras los días pasan...
Queriéndote en secreto en mi soledad,
porque sólo la luna y el mar lo saben,
sólo ellos saben de mi amor por tí,
un amor que no espera nada,
un amar que nada quiewre pero que no olvida,
que fuiste la vida misma,
el que entró en mi corazón,
elq ue me demostró que el amor existe...
Aprendí de tí a amar, a amarte sin piedad,
a acariciar la vida en todo su esplendor,
porque la vida eres tú, y te encontré,
Tan cerca y tan lejos como estabas aquel día que te expresé mi amor...
Hoy sólo me quedan los recuerdos,
recuerdos que llevo conmigo como un tesoro,
noche y día, día y noche me hacen ver que algo quedó inacabado entre tú y yo...
Pero el saber que eres feliz, ahora me guía para procurar mantenerme al margen, en silencio,
aguantándome las lágrimas cuando te veo,
mordiéndome la lengua para no decirte que...
¡¡...Aún te sigo queriendo...!!
Autor/a: Phöenix
(2ºESO)
Ya no tengo fuerzas para luchar contra el olvido,
Te sigo amando como el primer día,
Y voy a la deriva mientras los días pasan...
Queriéndote en secreto en mi soledad,
porque sólo la luna y el mar lo saben,
sólo ellos saben de mi amor por tí,
un amor que no espera nada,
un amar que nada quiewre pero que no olvida,
que fuiste la vida misma,
el que entró en mi corazón,
elq ue me demostró que el amor existe...
Aprendí de tí a amar, a amarte sin piedad,
a acariciar la vida en todo su esplendor,
porque la vida eres tú, y te encontré,
Tan cerca y tan lejos como estabas aquel día que te expresé mi amor...
Hoy sólo me quedan los recuerdos,
recuerdos que llevo conmigo como un tesoro,
noche y día, día y noche me hacen ver que algo quedó inacabado entre tú y yo...
Pero el saber que eres feliz, ahora me guía para procurar mantenerme al margen, en silencio,
aguantándome las lágrimas cuando te veo,
mordiéndome la lengua para no decirte que...
¡¡...Aún te sigo queriendo...!!
Autor/a: Phöenix
(2ºESO)
martes, 2 de marzo de 2010
Recuerdos
No sé en qué momento pudo pasar eso, pero pasó,
y espero que nadie pase por ello,
…porque es horrible.
Intento pensar en cosas buenas, pero no las encuentro.
Siempre me viene a la mente ese momento,
…sólo eso, y me da miedo.
No entiendo por qué pasa eso,
Te tortura en muchas formas,
…pero tengo que superarlo.
No sé si contárselo a mis amigas o no,
Qué hago…, qué digo,…
Mejor será quedarme callada, no sé qué hacer.
Oh dios,… cómo echo de menos,
Cuando tenía siete años… siete años.
y espero que nadie pase por ello,
…porque es horrible.
Intento pensar en cosas buenas, pero no las encuentro.
Siempre me viene a la mente ese momento,
…sólo eso, y me da miedo.
No entiendo por qué pasa eso,
Te tortura en muchas formas,
…pero tengo que superarlo.
No sé si contárselo a mis amigas o no,
Qué hago…, qué digo,…
Mejor será quedarme callada, no sé qué hacer.
Oh dios,… cómo echo de menos,
Cuando tenía siete años… siete años.
Autor/a: Brain
(2º ESO)
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