Hace una semana llegué a un pueblo costero a la orilla del mar cantábrico. Mi primera visión fue un montón de casa blancas apelotonadas, rodeadas de un verdor espléndido.
Cargada con tres pesadas maletas color miel, salgo de la estación y empujando con gran esfuerzo las subo por una inclinada cuesta con el suelo empedrado, a mitad de ella paro para descansar, resoplo un poco, poso mis maletas en el suelo y abro el mapa que tengo en mi bolsillo donde está indicada mi nueva vivienda. De repente giro la cabeza hacia la izquierda y me doy cuenta que justo está ahí mi nuevo hogar.
Entusiasmada cojo las maletas con agilidad y la observo.
Es una pequeña casa, blanca, con las tejas medio rotas color ceniza, una puerta de nogal con dibujos extraños y cuatro ventanas rectangulares.
Saco las llaves con alegría y abro la puerta, un horrible olor a cerrado y humedad llega a mi nariz.
Nada más llegar limpio la casa, coloco mi equipaje y desgraciadamente las horas se me pasan volando. Cansada de tanto trabajo subo al piso de arriba por unas estrechas escaleras de madera que crujen. Me ducho relajadamente y tras salir de la ducha mi cuerpo ser extiende sobre el colchón suspirando.
Mientras me intento dormir me doy cuenta que por el armario asoman unos ojos relucientes, asustada enciendo rápidamente la luz de la mesilla y un gato gris me gruñe, salta sobre mí y sus garras me arañan la cara, y antes de que pueda reaccionar el gato escapa por la ventana.
Me siento acorralada en este raro lugar, me tapo la herida con la mano y me doy cuenta de que sangra abundantemente.
Temblorosa cojo la lámpara de la mesilla, y me dirijo al armario donde muchas horas antes había limpiado y colocado mis prendas ahí.
Cuando tengo el pomo en la mano, intento controlar los nervios y decidida abro la puerta.
Al abrirlo encuentro la foto de una mujer rubia, de ojos oscuros y tez blanca. Asombrada cojo la fotografía y la tiro por la ventana.
Inquieta y temblando doy muchas vueltas en la cama y finalmente me levanto de un sobresalto, cojo la manta y me arropo con ella. Bajo las escaleras con prisa, en la cocina cojo mi paquete de tabaco, detrás oigo un ruido, sin pensármelo y respirando rápido cojo las llaves y me siento en el descansillo de la puerta fumándome un cigarrillo. Noto unas frías manos sobre mis hombros, mi cuerpo se encoje, un extraño olor a canela me envuelve y antes de que pueda hacer un giro de cuello, la puerta se cierra con un gran estruendo y mucha corriente.
Mi cuerpo tiembla, mis labios se vuelven inútiles y no puedo pronunciar palabras. Con las llaves en la mano la vuelvo a abrir. Me cuesta abrirla por el nerviosismo y con la manta me tumbo en el sofá reventada, mis párpados me pesan del estrés y me duermo.
Al despertarme me froto los ojos con las manos, bostezo y encuentro esparcidas un montón de fotografías de la misma chica en el suelo.
Un escalofrío recorre mi cuerpo, necesito salir de esta casa, para despejarme me pongo el chándal y salgo a correr, en el paseo marítimo me fijo cómo las olas rompen en la orilla y sobre la arena hay algo escrito. Vuelvo a oler a canela, tengo una extraña sensación así que, velozmente me dirijo hacia allí y leo lo que está escrito:
-“Él lo hizo y no ha pagado por…”
Justamente antes de que lo pueda leer una ola borra las palabras y se refleja el rostro de la chica en el mar.
Chillo, e histérica salgo de la playa, algunas personas me miran extrañadas, me estoy volviendo loca pero… esos extraños sucesos … Me coloco las manos en la cabeza desesperada.
Estoy a tan sólo unos pasos de la puerta de mi casa, empiezo a resoplar, encuentro un mechón rubio con olor a canela, como la otra vez, y me alejo de él con las manos temblorosas y sudando.
La vecina está saliendo de su casa, es anciana, con el pelo canoso y viste de rojo.
Me ve sofocada y se dirige hacia mí, la saludo y sin quietarme el miedo del cuerpo le pregunto si pasó algo en esa casa, ella inquieta decide contarme… y dice:
-En esa casa ocurrió algo extraño hace unos 20 años, una mujer rubia de ojos castaños, …oí muchos gritos aquella noche. El marido desapareció, huyó de la casa la misma noche que ella desapareció. En el pueblo la llamábamos canela porque siempre olía así. Una niña decía que su espíritu vagaba por aquí, ella lo veía siempre pero nadie la creía.
Al despedirme entro en la casa y mis ojos estallan a llorar, no puedo más, ¿qué está pasando? Y en ese momento el arañazo de la cara se vuelve como el fuego y me quema. Me paso la mano sobre él, necesito aire y salgo al patio trasero. Me apoyo en la gruesa y mohosa higuera e intentando olvidarme de todo, distrayéndome remuevo la tierra en circulitos con el dedo, con la tontería formo una pequeño surco, y aparece un amarillento hueso. Me intento tranquilizar y pienso que será de algún perro que antes viviera en la casa. Mi cabeza empieza a pensar en ideas tenebrosas pero poco a poco las echo a volar y pienso en plantar un alegre limonero en el jardín, necesita color el jardín.
Así que en el hoyito que he hecho empiezo a cavar con las manos y poco a poco voy encontrando más huesos, mi corazón empieza a latir cada vez más deprisa, decido llamar a la policía.
Cuando llega le cuento a los policías la historia que me contó la vecina.
Veo a la chica alrededor de la higuera, me sonríe y desaparece. Desde aquel momento no la he vuelto a ver.
Tras la investigación de la policía se descubre que la mató el marido a sangre fría.
Ahora ya puedo vivir tranquila, y ella podrá descansar en paz.
Autor / a: Arash
2º ESO